La Escuela de Escritores Monaguenses Inicia su Ciclo 2026

 



Bajo el techo de la emblemática Sala General de la Biblioteca Dr. Julián Padrón, un aire de renovada energía literaria se respiraba la mañana del miércoles 21 de enero. La Escuela de Escritores Monaguenses inauguró oficialmente su ciclo de actividades 2026, congregando a un nutrido y entusiasta grupo de miembros, donde las novedades y los reencuentros tejieron el hilo conductor de una jornada memorable.

Tras una cálida bienvenida y un recuento de las últimas actividades de diciembre, el director, profesor Miguel Molano, tomó la palabra para dar inicio a lo que denominó un “nuevo capítulo” en la formación integral del escritor. Con claridad pedagógica, expuso la necesidad fundamental de que todo creador literario domine también el arte de comunicar su obra. Así nació, ante el grupo, el Taller Permanente de Comunicación Efectiva, un proyecto diseñado para hurgar en las entrañas de la expresión oral, desglosando cuatro pilares esenciales: La Postura, La Dicción, La Oratoria y la Lectura en Voz Alta.

“No son elementos sueltos”, aclaró Molano, “sino un sistema integrado que trabajaremos en conjunto”. Propuso un método participativo y democrático, donde cada asistente se convertiría en juez y parte del proceso de los demás. Para cerrar su presentación con una imagen poderosa, declaró: “Al final de este camino, aprenderemos a ser como un gran árbol. Nuestras raíces y tallo serán la postura firme; la savia que los recorre, la dicción clara; las ramas que se expanden, la oratoria segura; y las flores y frutos, ese mensaje final, la poesía o el texto que entregamos al mundo”.

La respuesta del auditorio fue inmediata y de aprobación. Entre los rostros, destacaba la presencia de Franklin Oropeza, quien manifestó abiertamente su deseo de integrarse formalmente a la asociación y participar de manera activa en todas las actividades, una nueva voz que se sumaba al coro literario. Otro momento emotivo fue el regreso del compañero Alejandro Figueroa, quien, tras un alejamiento necesario por motivos de salud desde junio del año pasado, recibió una ovación cálida que sellaba su reincorporación al grupo.

Con el ánimo en alto, se dio paso a la práctica. A solicitud de los asistentes, se formaron 13 dúos creativos. El profesor Molano presentó entonces una imagen enigmática, una ventana a un instante congelado, y retó a cada pareja a tejer, en pocos minutos, una breve historia a partir de ella. La sala se sumió en un murmullo creativo, un crujir de ideas que pronto tomarían forma.

Uno a uno, los grupos se fueron apostando frente a sus compañeros. No era una simple lectura, sino la primera exposición al fuego amigo de la evaluación colectiva. Cada intervención fue seguida por observaciones enfocadas en la claridad articulatoria, el ritmo, el contacto visual y la soltura corporal. El objetivo, como precisó Molano, era buscar esa velocidad de lectura áurea que permite al mensaje ser recibido, procesado y disfrutado por el público, sin prisa ni pausa excesivas. La práctica avanzó en un ambiente único, donde la crítica constructiva se mezclaba con risas espontáneas y aplausos de apoyo, creando un taller vivo y profundamente humano.

La parte formal concluyó, pero la mañana reservaba su broche de oro en el tradicional compartir. Mientras se disfrutaba de galletas y refrescos, en un rincón de la sala se generó un círculo de atención especial. El compañero Oswaldo Márquez, con su característica pasión, se levantó para declamar una de sus estupendas piezas. Su voz, modulada, potente y llena de matices, demostró en la práctica todo lo expuesto en el taller. Para acompañar este momento sublime, Andrés Barreto pulsó las cuerdas de su guitarra con una melodía discreta y complementaria, elevando la emoción del recitador. Fue un regalo espontáneo, una muestra pura del talento que habita en la escuela.

La reunión culminó con la alegre rifa de obsequios, cerrando una sesión que había logrado, en pocas horas, combinar la metodología, la práctica, la emoción del reencuentro, la calidez de los nuevos integrantes y la magia imprevista del arte compartido. La Escuela de Escritores Monaguenses no solo reanudó sus actividades; reafirmó, con hechos y palabras, que es un espacio donde la literatura se escribe, se vive, se dice y, sobre todo, se construye en comunidad.

 

 

 

 

 


 

 

 

 




 
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